Lleguó después que su cuerpo. Había pasado el día en un tipo de trance, encerrado (y no como en una prisión o una jaula, ya que ése es un encierro involuntario, el cual libera a uno de toda culpa por mantener el estado de encierro) por voluntad propia, y aunque a él no le gustaba la excusa, era también el frío lo que lo mantenía allí. Eran las 10 de la noche, y después de una rápida decisión tomó el abrigo y emprendió expedición al exterior, sin rumbo. El trance no desvanecía con los pasos, y la música, la más notable de las causas de aquella sensación de levedad o abstracción, repetía su acometida desde varias dimensiones. Primero era un eco en el fondo de todo lo que pensaba, despúes venían sólo los sentimientos asociados pero mudos, sin sonido; la tercera etapa consistía en el paisaje que recreaba cada vez que la escuchaba, sobretodo aquellas últimas piezas que descubrió aquella tarde y que bien podían ser las más sublimes de todo el invierno. La tríada de musicoterapia se repetía una y otra vez durante el camino. Quizás por eso llegó después que su cuerpo a ése lugar, guiado por las olas del movimiento musical; y sin tener vergüenza o asombro frente a la mesera que le preguntaba qué quería ordenar, se incorporó y pidió lo primero que vio en el menú. Estaba en un restaurante, y pensó que todavía quedaba mucho tiempo en la noche y el invierno para descubrir la causa y la enredada trama de lo que no podía encontrar palabras para describir.